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  • 2 días al límite

    07/10/2016

    Tras tres semanas trabajando duro filmando proyectos sociales solidarios decidí que era hora de explorar Mongolia a mi manera. Caminando y haciendo auto-stop alcancé las remotas tierras del noroeste. Todo iba demasiado bien, siendo invitado a comer y dormir por casi cada nómada que encontraba a mi paso y gozando plenamente del carácter salvaje de este país inimitable. Sin embargo como de costumbre desafié mi sino y fui demasiado lejos. Iba a vivir dos días al límite.

     

    Ger al atardecer   Disfrutando de la hospitalidad nómada dentro de un Ger

     

    Después de pasar la noche con una familia nómada donde incluso sacrificaron una oveja para ofrecerme una suculenta cena, era hora de volver a la marcha. Un miembro de la familia se marchaba en coche y se ofreció a llevarme hasta el camino que se dirigía a mi próximo destino, Baruunturun. Se despidió con una amplia sonrisa y comencé a caminar. Eran las 10 de la mañana y ya apretaba el calor, frente a mí ni un solo accidente geográfico, tan solo llana e infinita estepa. Disfruté caminando hacia adelante cruzando en ocasiones alguna palabra con pastores de cabras, ovejas y camellos. Tras dos horas algo fue mal. Sabía que tenía que caminar hacia el sureste y aunque hasta ese entonces lo estaba haciendo directamente hacia el este no estaba preocupado, pues confiaba en que más adelante el camino giraría hacia el sur, sin embargo lo hizo hacia el norte, sin nada entre mis pies y Rusia. En ese momento decidí obedecer a mi instinto y caminar en la dirección que sabía tenía que seguir, aunque fuera del camino no tenía posibilidad de hacer auto-stop. En ese momento comenzó mi travesía por el desierto.

     

    Pastor nómada frente a sus camellos   Pastor nómada sobre su caballo

     

    Me estaba marchando, literalmente, dejando atrás los solitarios Gers dispersos en el paisaje. Hacia el frente no podía ver resto alguno de vida humana, pero aún era mediodía. Tras varias horas caminando un local se aproximó a mí en su motocicleta para confirmar que estaba en lo cierto, el primer hombre me había dejado en la senda equivocada y ahora tenía que alcanzar el camino correcto. Cada paso corroboraba que me estaba metiendo en un lío. Con 35ºC, casi nada de agua y ninguna casa alrededor, un desierto de lobos salvajes y noches gélidas definitivamente no es lugar óptimo para encontrarte sin un techo tras el ocaso.
    En un instante estaba convencido de estar viendo un Ger en el horizonte. Avivé la marcha y comencé ya a soñar con té, galletas y tal vez finalizar mi jornada tumbándome en el suelo de ese Ger. Tras dos horas caminando y solo cuando estaba a cien metros finalmente me percaté de que el Ger eran de hecho dos ovejas blancas juntas. A pesar de llevar cinco horas de marcha bajo un sol abrasador cargando con 20 kg, el suceso me hizo reír.

    Continué comprometido a encontrar el camino donde pudiera finalmente hacer auto-stop…aunque no había visto ni un solo coche en todo el día…y en el desierto puedes avistar cualquier objeto en movimiento a quince km de distancia. Afortunadamente advertí un grupo de casas en la lejanía, ¿tal vez había caminado tanto que estaba a punto de alcanzar mi destino? Aunque el cuerpo me pedía un descanso el entusiasmo me empujó a proseguir, paso a paso sobre la arena del desierto. Me sentía físicamente bien e incluso orgulloso de tal tremendo día caminando con semejante carga sobre mis hombros, pero en ese momento alcé la mirada y las casas se habían esfumado, no estaban ahí. Para evitar darle más vueltas continué diciéndome a mí mismo que mi verdadero objetivo era alcanzar el camino, percatándome de que ya no tenía opción, no podía detenerme. Prácticamente no me quedaba agua, comenzaba a estar agotado y el atardecer se aproximaba. Es complicado de explicar y aún más difícil de creer, pero un rato después las casas estaban ahí de nuevo, ahora más manifiestamente y cerca que nunca. Pensé que tal vez había sido un efecto visual el haberlas dejado de ver antes…estaba equivocado de nuevo. Las casas estaban en ocasiones muy cerca, luego más lejos que nunca y otras veces…simplemente no estaban.

    Eran las 7pm, con 9 horas de caminata sin pausa en mis piernas y todavía sin indicio de un lugar donde pudiera pasar la noche…ni pista del camino…el maldito camino. Cuando comenzaba a perder la esperanza vislumbré un vehículo en la distancia y supuse que se trataba de la vía que ansiaba, así que empecé a andar hacia allí y la alcancé tras dos horas. Estaba ya atardeciendo y no me quedaba agua, pero estaba en el camino correcto, mantenía la esperanza de que alguien pasara. Pasadas las 10 de la noche y cuando ya estaba sin ideas, finalmente un coche me recogió. Arribé en Baruunturun sobre las 12 y trasnoché en un Motel-Karaoke donde tuve la fortuna de contar con la banda sonora de fondo de las desafinadas y chillonas voces de los embriagados de vodka locales justo en la habitación de al lado. Me sentía increíblemente bien de estar finalmente a salvo.

     

    Electricidad en la inmensidad del desierto

     

    El día siguiente me prometí que lo tomaría con calma, encontrando el camino apropiado por la mañana y haciendo auto-stop hacia el siguiente poblado, Tes, a 300 km. Y así lo hice. Tras una hora caminando localicé la vereda adecuada y tras media hora ya viajaba en el remolque de un camión. Coser y cantar. Dos horas después se detuvieron a cargar. El conductor me explicó que cuando finalizaran volverían por donde habían venido. Sin embargo estaba de suerte, los chicos trabajando en ese terreno iban justamente a Tes. Les pedí ir con ellos y aceptaron…si les pagaba…¡400,000 Tugriks! (160€). Reí y me largué.

     

    Explorando remotas zonas de Mongolia en el remolque de un camión   Las vastas tierras del noroeste de Mongolia

     

    Estaba nublado por lo que me propuse permanecer cerca de un lugar donde pudiera cobijarme en caso de que lloviera. Caminé y permanecí junto a un Ger hasta que otro camión pasó. Me dejaron en mitad de un campo y dijeron que tenía que caminar 4km hacia el sur para alcanzar el camino a Tes. Tras 40 minutos casi lo había alcanzado cuando comencé a sentir gotas de lluvia. Portaba dos cámaras y un portátil, “caminaré rápido hasta alcanzar el camino y allí protegeré mi equipo”. Aunque mi intención temiendo la lluvia era no estar lejos de un Ger, ahora tan solo podía ver uno a lo lejos situado en la cresta de una colina. Cuando alcancé el camino comenzó a diluviar, así que me apresuré a proteger mi equipo: un bolsa de lluvia para la mochila de mi cámara, otra de plástico para el bolso de mano de mi otra cámara, una bolsa de basura grande para la mochila de equipaje y un chubasquero para mí, parecía suficiente…pero no lo era, la gran tormenta estalló: vientos huracanados y lluvias torrenciales. Quise caminar hacia el Ger, pero reparé en que dadas las condiciones tan adversas mi equipo no estaba lo suficientemente a salvo y podría mojarse. Por puro instinto coloqué los bultos juntos y me situé sobre ellos, protegiéndolos con mi chubasquero con la esperanza de que la tormenta pasara pronto…pero no lo hizo.

    Habían pasado ya tres horas bajo la lluvia, el viento y el frío, cuando me percaté de que probablemente continuaría así por mucho más tiempo. Comencé a decirme en voz baja, “joder, esto no mejora. Estoy muriendo. Estoy muriendo. Estoy muriendo…” Mientras repetía esas palabras en estado casi catatónico reparé en lo mojado que de hecho estaba y en que no podía sentir ni mover mis manos a causa del frío. Entonces tuve un momento de revelación y grité ¡estoy muriendo! Sin ni si quiera ser consciente de lo que estaba haciendo me puse en pie en un movimiento con la mochila de la cámara en mi espalda y la otra bajo la chaqueta, sujetando la mochila grande con mis brazos. Comencé a caminar tambaleándome hacia ese Ger en la cima de la colina sin ni si quiera preocuparme de dejar agua y comida tras de mí. Era una posición muy incómoda para transportar la mochila de 12kg, pero era la única forma en la que podía protegerla rodeándola con mis brazos mientras las otras dos mochilas estaban ‘a salvo’, una bajo mi chaqueta y otra en mi espalda con una funda para lluvia.

    Mientras caminaba pude sentir cuan frío y ventoso era de hecho, y no lograba adivinar si había tornado tan hostil de repente o, lo que era más probable, este era el clima tan extremo que llevaba soportando durante más de tres horas acurrucado al costado de ese desdichado camino esperando un vehículo que jamás pasó y deseando el final de una tormenta que no hizo más que empeorar. Por si no fuera desafío suficiente mis pantalones estaban cayendo ante la imposibilidad de poder sujetarlos y la tierra estaba llena de agujeros que, incluso si los veía con antelación no podía evitarlos, cayendo en ellos exactamente el mismo número de ocasiones en las que me levantaría para proseguir.

    La última parte de la travesía fue particularmente dura, requiriendo subir la colina, pero finalmente haciendo uso de la última pizca de energía que me quedaba logré alcanzar la cima y comencé a caminar alrededor del Ger. Una norma sagrada no escrita de la hospitalidad nómada dicta que cuando la puerta está abierta (como sucede en la mayoría de ocasiones) eres bienvenido y serás atendido. Mala suerte, la puerta estaba cerrada. Pero esta vez no tenía tiempo para formalidades y comencé a golpear la puerta a grito de “¡sain bain uu!” “¡sain bain uuuu!” (“Hola” en mongol). Finalmente un hombre de mediana edad salió y tras explorarme con la mirada de arriba a abajo y sin la más ligera alteración de su expresión facial me invitó a pasar con un leve movimiento de abeza. Caí en la alfombra, me despojé de los guantes y coloqué mis manos en los contados lugares que aún quedaban calientes en mi cuerpo. Estaba a salvo.

     

    Por fin a salvo dentro del Ger

     

    El tiempo que compartí con mi anfitrión fue muy especial. Normalmente me apena ser incapaz de poder dialogar con los locales, aunque siempre encuentro formas de comunicarme y establecer una conversación. Sin embargo en esta ocasión era diferente. Ni yo tenía la fuerza para hablar ni mi salvador mongol parecía querer escuchar. De alguna forma ambos apreciamos el hecho de no tener un idioma común para así evitar charlas protocolarias. Esta vez la comunicación fue mucho más básica y efectiva. Estaba congelado, encendió el fuego. No me quedaban fuerzas, cogió un trozo de carne que colgaba dentro del Ger y lo coció junto a un puñado de pasta, dándome de comer. Estaba extremadamente cansado, él se tumbó y quedó dormido, haciéndome saber que era bienvenido a pasar la noche allí.

    Ahora me deleito escuchando la fuerza de la naturaleza e incluso encuentro la tormenta fascinante y cautivadora desde el interior de mi saco de dormir, donde compongo estas líneas mientras me prometo a mí mismo, una vez más, que esta es la última vez que me llevo al límite.

     

    Expedición cinematográfica humanitaria - Mongolia 2016

     


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