Soñé que estábamos todos en un bar. ¿Quiénes son todos? Preguntaba siempre mi madre. Todos son todos, y todos estábamos eufóricos, porque sabíamos que con tal plantel de figuras, la noche, la fiesta y lo épico estaba asegurado. Tú también estabas allí, pero en una de esas magias de los sueños, tan certeras como inexplicables, eras el único que no sabías que un día cercano dejarías de estarlo. Ese mutuo conocimiento nos ensalzaba a todos los demás, a beber, a reír, a cantar abrazados, a exprimir cada segundo, a darlo todo. El sueño me regaló otra memoria de una noche legendaria, la enésima juntos. Desperté y aún me costaba comprender y aceptar que sería la última. Sentí llorar, pero solo pude reír, porque es lo que siempre me has inspirado. Y ahora me regalaste, desde el mundo intangible del subconsciente, la lección de disfrutar cada segundo y valorar cada amistad, porque es un tesoro tan valioso como efímero, pues todos los que somos dejaremos algún día de serlo. La vida es ahora y no espera, y nosotros decidimos cómo y con quién honrar cada segundo.
Me queda que fuimos siempre libres, que nunca nada nos importó ni nos detuvo, me quedan nuestras mil y una aventuras, y que fuimos los más espontáneos, salvajes y felices. Pero sobre todo me queda que un hermano es siempre un hermano, más allá del tiempo, el espacio y los inexcrutables reveses de esta vida.