La hora ha llegado, y no es resultado de un cúmulo de factores que conviertan a este en el mejor momento, es que es el único momento, es ahora o nunca. Cualquier ser vivo, y en especial el ser humano, siempre ha tenido en la lucha por el territorio un catalizador de conflictos. Ahora existe una élite social, económica y política que está destruyendo nuestro hogar a marchas forzadas y nosotros, contra todo instinto natural, no estamos batallando por defenderlo. El sistema capitalista que domina el mundo basado en el ultra consumismo sin ética ni mesura, nos ha proporcionado herramientas sociales que rellenan nuestro ego y calman nuestro espíritu de lucha con acciones efímeras que tienen repercusión nula sobre la causa. Clamamos contra nuestros enemigos en lugares que solo nos escuchan nuestros aliados. Nos han enseñado a ser benevolentes y educados, a aceptar lo inaceptable y tolerar lo intolerable. Se está cometiendo un genocidio contra la naturaleza del planeta, están destrozando nuestro hogar y estamos siendo partícipes. Publicar en redes sociales, ir a manifestaciones y enrabietarse hablando con los amigos en el bar no basta. Los que exclaman que “¡están destruyendo el planeta!” muestran que claramente no entienden la magnitud de la problemática. Cuando nos extingamos, el planeta no tendrá inconveniente en utilizar unos cuantos millones de años para recuperarse y florecer. La situación es dramática; si no queremos pasar a la historia como la última generación de Homo Sapiens, ha llegado la hora de pasar a la acción y declarar La Guerra por el Planeta.
Los elementos sustanciales de una guerra son identificar y señalar a los enemigos y pasar a atacarles donde más les duela, sometiéndolos de forma colectiva.
Es fundamental reconocer que el mundo lo gobiernan el dinero y el poder, y esa es la base del conflicto. Hay personas que queremos vivir y convivir en paz, y hay otras a las que solo les importa agrandar sus riquezas sin escrúpulos ni prejuicios sobre nada ni nadie. Esos son nuestros enemigos. Suena a obviedad, pero es primordial comprender este concepto a la hora de idear una estrategia eficaz para atacar a nuestros rivales. A alguien que solo habla el idioma del dinero, le importa absolutamente nada cualquier argumento ético o medioambiental o, dicho en otras palabras, le resbala que salgan miles de personas a las calles gritando por detener el cambio climático.
Recientemente filmaba una feria de moda en la que el Director de una gran multinacional introducía en una conferencia los nuevos países del tercer mundo donde se puede conseguir mano de obra más barata y medidas sociales menos exigentes. Una chica de la audiencia levantó la mano y preguntó, “…ya que tienen ustedes una industria tan poderosa y ganan tanto dinero, ¿no podrían pagar un salario justo a los trabajadores y mejorar sus condiciones?”. Su respuesta fue concisa y directa: “No sé de qué me estás hablando, yo soy un dirigente capitalista. Siguiente pregunta.” No puede estar más claro, a nosotros nos importa el planeta y los seres vivos, a ellos el parné. Es solo un ejemplo de miles que observamos impasibles cada día, como Bolsonaro justificando frente a la ONU que arda el Amazonas porque “no es el pulmón del planeta”, una empresa austríaca destruyendo un glaciar para ampliar su pista de esquí, el Gobierno de la Comunidad Valenciana vertiendo deliberadamente cloro a las playas para que luzcan más limpias para los turistas, la deforestación de la selva de Borneo para producir aceite de palma, etc. Su única prioridad es el dinero, y eso es lo que está destruyendo nuestro hábitat. En una guerra o están contigo o están contra ti, identifica tus enemigos y comienza a considerarlos como tal.
Recientemente da la impresión de que esté floreciendo un atisbo de consciencia global sobre la magnitud del problema, sin embargo, sus consecuencias no hacen más que agravarse exponencialmente. ¿La razón? Nos hacen creer que estamos luchando mientras que en realidad apoyamos su sistema. En un régimen capitalista basado en el consumo excelso, el poder no lo tienen nuestras palabras y ni si quiera nuestros votos, el poder supremo que tenemos es el dinero, pues es la base del sistema que está arrasando el medioambiente. Habiendo identificado a nuestros enemigos y a su kriptonita, se presentan tres líneas de ataque para comenzar la Tercera Guerra Mundial y luchar por el bienestar de nuestro territorio.
- Guerrilla. Ser conscientes de cada euro que gastamos y consumir de forma sostenible, excluyendo y vetando a marcas cuyas prácticas sean contrarias a nuestra ideología, dejando de financiar la masacre perpetuada por nuestro enemigo. Cambiarán cuando nuestro cambio les haga cambiar, no hay otro camino. Supondrá un sacrificio porque aminorará nuestro ritmo de vida, pero entonces tal vez volvamos a reaprender que no necesitamos adquirir tantos bienes materiales, ni seguir tantas modas, ni viajar a tantos lugares. Tal vez redescubramos que no hay que ser cool sino ser felices, y que la vida se cuenta en momentos y personas, y no en monedas. Es hora de tomar consciencia y responsabilidad. Hasta ahora gritábamos contra nuestros enemigos, pero caminábamos de su lado. Como vestimos, nos alimentamos, divertimos o viajamos, todo cuenta, todo suma, toda acción consciente ejerce como ejemplo. Y un ejemplo de consumo responsable en una sociedad capitalista es un certero acto de revolución. Es hora de tomar una posición activa y comenzar a luchar cada día.
- Unión y reclutamiento. Estábamos enfadados y estamos comenzando a encolerizarnos. Eso es el proceso natural en que una de las partes comienza una guerra. Simplemente por ahora estamos equivocados en la estrategia, y no estamos unificados. Compartimos nuestro malestar en redes sociales y ciudades de todo el mundo ven como sus ciudadanos salen a las calles a protestar, exigiendo un cambio a dirigentes y macro-empresarios. Pero es una lucha estéril, ¡seguimos sin entender que ellos solo hablan el idioma del dinero! Las manifestaciones deben convertirse en un grito reivindicando hábitos más éticos de consumo, las protestas y exigencias tienen que estar dirigidas a los consumidores, a nosotros y no a nuestros enemigos, ¡tienen que ser una llamada a la guerrilla! Tras tomar consciencia de nuestros actos, podemos pasar a reclutar a aquellos que dicen preocuparse por el medioambiente y exigir que se posicionen: están con nosotros o contra nosotros. Aquellos que estén contra nosotros pasan a ser nuestros enemigos.
- La batalla. Que no te engañen, no somos uno, son ellos y somos nosotros. Tolerar, aceptar y apoyar a criminales es un delito. Y lo hacemos a diario. Los enemigos del planeta no solo gozan de amnistía legal y ultra poder económico, sino además de aceptación y éxito social. Es la hora de señalar con el dedo a políticos corruptos, ciudadanos tramposos y empresarios perniciosos. Por definición, nuestros enemigos no pueden ser nuestros amigos. Hay que apartarles, abuchearles y avergonzarles. Es incoherente que aquellos que arruinan nuestro hogar entre semana salgan con nosotros los fines de semana a celebrar sus proezas. De nuevo supondrá un sacrificio, pero solo la demostración práctica de que una vida inmoral supone el rechazo colectivo podrá contribuir a un mundo mejor.
Nuestro hogar no se muere, lo estamos matando entre todos. Deforestación, polución, corrupción, plásticos y demás elementos devastando el planeta comparten todos algo en común: están administrados por enemigos del planeta avalados por nuestro consumo irresponsable. Vivimos tan acomodados que nos da miedo poner freno a nuestros lujos y enfrentarnos a nuestros problemas. Pero si no actuamos ya pronto no tendremos alternativa, y cuando todo estalle ellos no van a venir a rescatarnos desde sus tronos de oro tallados con nuestra indulgencia. Cuando el síncope capitalista llegue, la riqueza y el poder que les estamos otorgando les mantendrá a salvo mientras nosotros nos enfrentamos y disputamos los para entonces muy limitados recursos del planeta a nuestra disposición, sufriendo la brutal decadencia social que acarreará el colapso del planeta, con la añadida penitencia de haber sido cómplices, lamentando no habernos unido entre nosotros y contra ellos, soñando entonces con poder haber comenzado, cuando aún se podía, un combate global que hubiera salvado nuestro hábitat: La Guerra por el Planeta.





