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  • ...y caminando encontré el camino

    10/10/2016

    Como en cada proyecto que me he embarcado durante los ya más de 6 años de carrera, en Mongolia continué con la tradición de proponerme metas tremendamente ambiciosas, haciendo caso omiso a lo que la experiencia me ha enseñado tras varapalos varios e incluso desoyendo consejos de amigos que me conocen mejor que yo mismo. Mi misión era realizar altruistamente cortometrajes de estilo documental sobre una decena de proyectos sociales. Sin embargo los comienzos de esta aventura no serían nada fáciles.

     

    3 semanas filmando para la ONG Budista Tibetana Asral

     

    Desde que aterricé en Ulán Bator, me obsesioné con conocer los entresijos de la sociedad mongola, simplemente no podía retratar lo que desconocía. Así, durante las tres primeras semanas en la capital combiné filmaciones con una media de 4 reuniones diarias con directores de ONG’s, representantes de embajadas e instituciones, artistas, profesores, guías turísticos y cualquier persona que consideraba tenía algo interesante que compartir. Por si mi proyecto no fuera lo suficientemente pretencioso, escribí el guion de un documental largometraje para llevar a cabo paralelamente. Sin embargo, cada uno de mis esfuerzos se topaba contra un muro, simplemente nada funcionaba. La mayoría de Organizaciones que contacté para colaborar con ellos (¡gratuitamente!) o no contestaron o incluso me pedían dinero. Por motivos de diversa índole, de las primeras veinte filmaciones proyectadas para mi documental tan solo conseguí llevar a cabo tres y no como tenía planeado. Los protagonistas llegaban 3-4 horas tarde, cancelaban en el último minuto o simplemente no aparecían. Además parecía estar maldito. Si filmaba en exteriores comenzaba a llover mientas que si lo hacía en interior se iba la electricidad y me quedaba sin iluminación; hacía pruebas de audio en una localización y todo estaba en orden pero el día de la filmación y tras reunir a casi una docena de músicos justo al lado había comenzado una ruidosa obra; por primera vez en mi vida una lente, que resultaba ser la más importante de mi equipo, se me rayó mientras que en otra ocasión un taxista violento golpeó mi estuche y destrozó en mil pedazos el filtro de otra óptica que recién había comprado.            

    Tres semanas de estresante trabajo en la capital de Mongolia y tan solo había conseguido colaborar con una Organización local, mi proyecto documental estaba estancado y no había escrito ni una sola línea. Por primera vez en mi vida me encontraba en la tesitura de no estar disfrutando de una experiencia en el extranjero, pero es que además la frustración de no conseguir llevar a cabo lo que me proponía había conseguido algo aún más grave: que no disfrutara haciendo lo que amo.

    Fue entonces cuando tomé la decisión que en tantas otras ocasiones me ha funcionado: dejé todo, cogí la mochila y me largué.

     

    Las vastas y espectaculares tierras del noroeste de Mongolia   Nómada apoyado sobre su carruaje

      

    He de reconocer que tengo una forma un tanto especial de viajar. Sin conexión a internet ni teléfono local, sin mapas ni diccionarios, haciendo autostop cuando me apetece y cuando no, simplemente siguiendo la dirección que me marca el instinto, caminando 6-8 horas diarias con 20 kg de carga desconociendo donde voy a dormir, aunque con la casi certeza de que no va a ser en un hotel o lugar corriente. Esta filosofía de viaje en ocasiones me ha arrastrado a situaciones grotescas donde mi integridad ha corrido serio peligro, tal y como sucedió durante dos días mientras exploraba el noroeste.          
    Tras tres duras semanas en Ulán Bator, aún tenía cinco más por delante y ya con la consciencia tranquila de haberlo intentado con todas mis fuerzas estaba listo para disfrutar de las zonas más remotas y rurales de Mongolia. Viajé al sur del país visitando el desierto del Gobi para posteriormente desplazarme a las montañas del norte en la frontera con Rusia donde conviví con una tribu de pastores de renos. Finalmente resultó que allí realicé dos vídeos sobre sendos proyectos sociales propulsados por una mujer que es todo corazón. El proyecto en Mongolia comenzaba a tomar sentido cuando menos lo estaba buscando. Ahora tocaba el Oeste, donde llegaría tras la friolera de 70 horas de viaje en cuatro días. Allí descubrí la cultura Kazaja y presencié el festival de los cazadores con águilas.

     

    Cazador con su águila

     

    Después me lancé a explorar zonas remotas del noroeste donde, tras varios días sin conexión a internet caminando durante horas y durmiendo con nómadas, aprendí la lección que dio sentido a toda esta expedición. Mi principal motivación desarrollando proyectos audiovisuales y humanitarios tras visitar 50 países no era conseguir producir documentales, ni ganar premios, ni publicar artículos, ni si quiera llevar a cabo acciones que tal vez pudieran convertir el mundo en un lugar un poquito mejor. Mientras caminaba por la infinita estepa mongola del noroeste, tuve que detener mi paso sobrecogido por la revelación de que si hasta ahora he sido la persona más feliz del mundo no es por lo que hacía, sino por como lo hacía, o expresado en otras palabras, nunca me ha preocupado el resultado final de mis proyectos sino que he disfrutado cada día con tener el privilegio de poder trabajar en lo que amo. Entonces todo cambió. De repente me di cuenta de que estaba viviendo una experiencia extraordinaria y que si mi proyecto documental había fracasado tal vez es porque no era eso a lo que había venido, sino a realizar vídeos solidarios, y que si en lugar de 10 producía 4 no pasaba nada, 4 eran infinitamente mejor ninguno. Además reconocí que si se ponía a llover mientras filmaba tal vez era normal porque ya estábamos en otoño y si era imposible controlar ni organizar nada porque todo era un caos probablemente ese era el principal incentivo que me había motivado a venir hasta tan lejos, para lo bueno y para lo malo.

    Con el espíritu aventurero totalmente recuperado decidí visitar las zonas más orientales del país, aunque para ello tuviera que viajar de nuevo durante más de 70 horas. Allí, coincidiendo con que conseguí que me publicaran un foto-reportaje en el Diplomat y además de disfrutar descubriendo zonas remotas con edificios soviéticos abandonados, campamentos mineros y plantaciones petrolíferas en las que ondeaban banderas chinas, conocí a dos chicos locales que me han inspirado para un próximo proyecto documental que ya he comenzado a filmar. Además, este es ya el 6º artículo que escribo en los últimos días.

       

    En motocicleta bajo el arcoiris   Cielo azul + nieve + montañas + estepas + lagos + ganado = Mongolia


    La expedición cinematográfica humanitaria por Mongolia toca a su fin y podré pasar las 12 horas de vuelo a casa sonriendo con la certeza de haber explorado profundamente este país, haber cooperado con causas humanitarias que lo necesitan y de tener las pautas para próximas andanzas. Pero lo más importante es haber re-aprendido que todo funciona mucho mejor cuando somos nosotros mismos sin forzar las situaciones y dejándonos llevar por lo que amamos. Es una lección que aprendí  mientras caminaba perdido por la estepa del noroeste. Relajé mis emociones, volví a escucharme, reconecté conmigo mismo…y caminando encontré el camino.

     

    Atardeciendo tras un Ger, vivienda típica en Mongolia


    Mr.Challenge Films